sábado, 18 de febrero de 2012


UNA MIRADA  AL  HOMBRE ROMANO  Y GRIEGO
La cosmovisión griega es la forma que tenía Homero sobre la relación entre cosmos, dioses y hombres. Por ende desde  la antigüedad todas las culturas del mundo han tenido que asumir una concepción del  mismo, donde se explican la existencia del mundo y de sí mismo.
Los Incas tenían una manera propia de ver al mundo, una forma propia de dar respuestas a las interrogantes que el hombre se plantea. Es evidente que la concepción de los Incas, fue producto de un largo proceso de evolución del pensamiento que el hombre andino realizó desde los comienzos mismos del período formativo. Fue una concepción propia y diferente a la de los europeos, con lo cual enfocó y entendió su mundo y marcó su proceder, su conducta e imprimió su sello en las relaciones sociales que establecieron los hombres andinos.
Desde mi punto de vista opino que gracias a los relatos de los mitos andinos que fueron incorporados a las crónicas ha sido posible obtener una imagen de la cosmovisión incaica. En ellas tanto al espacio como el tiempo eran sagrados y tenían indudablemente una explicación mítica y una representación ritual. En relación al espacio presentan una concepción dualista.
Dijimos que la concepción de los Incas, era producto y sintesis del largo desarrollo del pensamiento del hombre andino, por ejemplo ya en la época Wari-Tiahuanacu, el concepto dual ya estaba muy arraigado en estas culturas, que seguramentela tomaron de otras culturas antiguas y la generalizaron a lo largo del territorio que dominaron.
Ahora bien  el hombre griego desde la cosmovisión como tal se ve distinguido en  3 periodos:
 En el periodo arcaico que hace una mirada en que el hombre formaba parte de la totalidad, surgía de allí, y allí volvía con la mente. Faltaban los presupuestos para comprender al hombre como un ser realmente personal. Esto solo era posible si se concebía ante un dios trascendente y personal.
En la religión griega se desarrollaban nuevas creencias más satisfactorias para el hombre, donde Dionisos incita el secreto de la inmortalidad.
El orfismo insiste en la oposición entre el alma y el cuerpo, en la responsabilidad individual, y concibe un ideal de vida purificada, ascética y virtuosa, que el pitagorismo (función del número y de la armonía, y migración astral de las almas) desarrollará. Se renueva la religión Homérica.
Los aspectos de ésta religión son dos. Primero las anfictionías reúnen pueblos o ciudades en torno a los santuarios venerables, donde asistían los delegados de cada ciudad. La anfictionía pileodélfica, utilizada para fines políticos, echó a perder las auténticas posibilidades de una unión panhelénica. En segundo lugar estaban los oráculos, las fiestas panhelénicas y los juegos. Los juegos atléticos y musicales dieron a los griegos un sentido de fraternidad étnica, pero no pudieron sacar el gusto por la autonomía y diferencias locales.
Los griegos, en toda realidad del mundo, vieron una dimensión más. El mundo era una realidad misteriosamente religiosa, todo lo que pasaba ocurría por una contraposición de poderes religiosos. Para los griegos, la divinidad quedó siempre ligada al mundo. Los griegos dejan todo en manos de los dioses.
La polis era una comunidad viva, basada en el parentesco, real o presunto; una especie de dilatada familia que convertía la mayor parte de la existencia en vida íntima y que por ello tenía sus rencillas, tanto más amargas por tratarse de diferencias entre miembros unidos por la misma sangre.
El arte arcaico está marcado por una burda rigidez y por un hieratismo religioso. Presenta dos facetas distintas, la jónica y la dórica.
La escuela jónica, que domina en Asia, en las islas del Egeo, en Atenas durante la época de los Pisistrátidas, es más adornada, decorativa y narrativa, menos potente pero más risueña que la escuela dórica, la del Peloponeso y Grecia occidental, maciza y austera, geométrica y más profundamente marcada por la gravedad. Su oposición se manifiesta en todas partes, tanto en la arquitectura, la planta, la decoración y el estilo de los templos como en el vestido, la composición y la fisonomía de la figura humana.
EL periodo clásico  “El hombre es una criatura que vive en polis", dice Aristóteles.  Pues a criterio propio es el único marco en el que el hombre puede realizar plenamente sus aptitudes espirituales, morales e intelectuales. Por eso tenían una tendencia individualista, satisfacían sus necesidades tanto en la religión como en el arte, en los juegos y en discusiones de grandes temas.
Políticamente La era clásica dio comienzo con las guerras médicas, guerra de los medos. Guerra entre Grecia y Persia por causa de la invasión de Ciro (gobernante Persa) a las colonias griegas de Asia Menor que tenían una importante economía. Tras la muerte de Ciro, su hijo Darío toma su lugar, las colonias griegas se enfrentan a él y piden ayuda a Esparta, éste se niega y luego piden ayuda a Atenas, quien acepta ofrecer su ayuda enviando tropas a Asia. Destruyen sardos, y esto hace enfurecer a Darío y da comienzo a la guerra. Finalmente el triunfo es para Grecia.
La religión popular es la que menos evolucionó. Se basa en las necesidades más humildes y consta de toda vida individual, la felicidad material en este mundo y la esperanza de sobrevivir (cultos agrarios, domésticos y funerales).
Religión cívica y panhelénica: cada ciudad se hallaba bajo la protección de un dios y por lo tanto, era el símbolo de la razón y de la sabiduría de la ciudad y de sus habitantes. Esto derivo en un culto público, cuyos ministros eran los magistrados y cuyas ceremonias eran parte de otros actos de la vida colectiva. Algunos dioses se imponen en todo el mundo griego (Zeus-Olimpia, Apolo-Delos).
La religión panhelenica se expresa mediante oráculos y los juegos que materializaban la comunión de todo el pueblo. Ambos no pudieron evitar las guerras.
Esta religión no podía satisfacer a todos, cada uno podía (sin romper ninguna regla religiosa) tener su pequeña religión personal, lo que crea la aparición de nuevas teorías.
Estas nuevas teorías surgieron en su mayoría en dos siglos:
Siglo V a.C.
Se precisan nuevas tendencias, (la omnipotencia de los dioses es puesta en duda, las pasiones humanas son más fuertes que los decretos divinos). Los progresos de la ciencia y de la filosofía apartan a las minorías de las antiguas creencias y a partir de la guerra del Peloponeso, el individualismo empieza a expresarse por toda Grecia. Los cultos coecivos ya no satisfacen las fuerzas misteriosas (Némesis, destino) y los dioses (demasiados antropomorfizados) ya no le interesan al hombre griego.
El periodo helenístico  establece dicho de cierta manera religiosa los principios fundamentales del pensamiento helenístico que no pasaron a ser seriamente puestos en tela de juicio hasta el siglo XVI. Las principales escuelas filosóficas del periodo fueron el estoicismo y el epicureísmo. Los estoicos enseñaron que se debe vivir de acuerdo con la naturaleza, la cual es la razón (logos) que penetra en todas las cosas. El sabio que sigue este consejo logrará la apatheia, esto es, se librará del sufrimiento. Los epicúreos mantenían que todas las cosas están compuestas por átomos y el vacío, y que es preferible una vida simple a la riqueza y la fama. Su meta era la ataraxia o tranquilidad.
El arte helenístico es multiforme y a menudo original. El arte se difundió sin vulgarizarse, por lo menos en lo que respecta a las grandes producciones, ya que la cerámica perdió mucho de su interés. La pintura, la escultura y las artes menores florecieron con gran profusión, y el urbanismo abrió nuevas posibilidades.
El arte dejó de ser cívico, municipal y se convirtió en monárquico; la pintura eligió las escenas mitológicas y familiares; la escultura se alejó de los cánones clásicos y de la soberbia y divina impasibilidad; las pasiones y el drama se expresaron con fuerza, demasiado violentamente. Al igual que la literatura, el arte parece descender del cielo a la tierra. Corresponden las estatuillas y las figuras realistas y burguesas, los mosaicos y las pinturas anecdóticas, las escenas de género, que no alcanzaron nunca más una técnica ni brillante ni acabada.
En arquitectura, lo que parece más nuevo no son ya ni los templos, en los que ahora domina el estilo corintio (en Asia, todavía continuaba vigente el jónico, aunque ya no el dórico), ni tampoco los altares. Las numerosas ciudades nuevas, las casas de los ricos, con sus patios interiores rodeados de columnas y adornos con cuadros, estucos pintados, mármoles y mosaicos.
En la escultura, la mitología se encontraba muy secularizada, en beneficio de Afrodita y de los Eros. Los artistas conocían aun el secreto de las figuras bellas y serias. Pero no residía aquí el gusto dominante, existía una inclinación hacia el expresionismo y el realismo, incluso al servicio de lo disforme y de lo grosero, pero con un virtuosismo técnico asombroso, tanto en el bronce como en el mármol y la tierra cocida. Por último, las estatuas aisladas.
La pintura sería el más fiel reflejo del alma misma de la edad helenística. Los motivos son tomados de la mitología o del repertorio trágico. El mosaico de origen oriental gozó de gran vigencia y representó los motivos del género y también escenas históricas. Los objetos de vidrio coloreado, las piedras preciosas, los camafeos, la orfebrería y las vajillas de plata, cuyos relieves servirán posteriormente de modelos a los vasos y copas de los tesoros romanos.
En fin, el arte helenístico, más difícil de captar que el de las épocas clásicas, es más variado y menos formal; de refinada técnica, liberado de los convencionalismos en su expresión, en ocasiones recargado o demasiado exuberante, refleja una época que fue de extraordinaria vitalidad.
No obstante roma también juega  un rol importante, por esto daré ahora una mirada al hombre romano desde la siguiente cosmovisión. En el arte El mito frente al historicismo y pragmatismo romanos.
 El mito en Roma si bien apunta a un objeto inmediato es una realidad "maleable" de acuerdo con diferentes propósitos, ya míticos propiamente dichos, ya artísticos, ya históricos, pero por lo general carece de la dimensión cósmica que alentaba en la mitología griega, porque el historicismo y el pragmatismo romanos no coinciden con la atemporalidad y el simbolismo del mito griego. La lente histórico-política de los romanos les impide captar la epifanía del mito, tal como ocurría en la primigenia mentalidad helénica. Tal lente tampoco les permite percibir hierofanías, tal como nos las describen por ejemplo la Teogonía hesiódica o la experiencia religiosa colectiva de Píndaro. Las teofanías descriptas por los autores latinos tienen más de retórica, de tradición griega, de ritual religioso o de intención política que de teofanía propiamente dicha. Ni siquiera La Eneida -no obstante el trasfondo religioso del poema- ofrece el relieve mítico de hierós logos que presenta La Ilíada o La Odisea. Tampoco tiene el sentido de consagración mitológica que reviste la palabra sacra proferida por Hesíodo, mediador entre las Musas y el hombre. En su Teogonía la epifanía mítica no se percibe sólo en la palabra-símbolo, sino también en la mágica cadencia de sus hexámetros. Roma se vincula con el mundo helénico en el momento en que éste más que una experiencia del mito presenta una ciencia del mito. Más que una mitología viva. es ésa una mitología artístico-literaria. Se trata de un nuevo lenguaje mítico que si bien evoca el fulgor hierofánico, no es ya el primigenio lenguaje transido de lo sagrado. Como señala W. Otto en varios pasajes, más que aceptar el mito, se intenta explicarlo. De ese modo, al racionalizarlo, lo despojan de su verdadera esencia.
Políticamente ocurrió un hecho que marco huella, cuando el Senado por una hábil maniobra política decide conferirle el simbólico cognomen de Augustus (que en latín quiere decir "el engrandecido"), históricamente Roma se convierte en un imperium. Tal hecho no implica meramente un aspecto político como frecuentemente se destaca, sino que es una magistratura en la que confluyen el ius humanum y el ius diuinum y ella inaugura una línea de pensamiento que en la Edad Media la vemos claramente expresada por Santo Tomás y por Dante Alighieri. Por tanto, según esa cosmovisión, es en el imperium donde lo divino se hace ostensible a lo humano. Volvemos a ver en este hecho un nuevo vínculo entre mito e historia, ya vislumbrado por Julio César quien aunque era escéptico sintió la necesidad de convertirse en el Pontifex Maximus por razones meramente políticas. En el momento en que se apoya la praxis oficial en una religión tradicional -que pronto entraría en decadencia- no sólo es el fundador de un imperium, sino que también sugiere los elementos que luego harían crisis y terminarían por derrumbarlo.
Asi pues roma y grecia originiraron y dieron pautas cosmovisionarias desde épocas pasadas.
Por ello, una línea interpretativa de la caída del Imperio subraya que en ese proceso el cristianismo fue un factor decisivo. Frente a su triunfo, la religión tradicional se vio desplazada y consecuentemente se debilitó el poder del gobernante apoyado en esa mítica religión. En Roma el debilitamiento y ulterior derrumbe del imperio implican el debilitamiento y ocaso de la concepción mítica, puesto que para la perspectiva latina mito e historia se corresponden y complementan. No obstante esa caída, hay una línea de la concepción mítica que veladamente sobrevive.

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